Elton John presenta película de su vida: Infinitamente mejor Rocketman

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Un musical, al contrario que un biopic con números musicales dentro, establece un pacto con el espectador que básicamente consiste en suspender por un instante el principio de realidad. 

Todo lo que cuenta se cuenta en cursiva. No importa tanto lo narrado como la emoción de eso mismo que se narra. Todo es mentira, pero nadie miente.

Y es en ese terreno donde Dexter Fletcher se mueve con soltura, autoridad y convencido de que el melodrama puede ser la laca que se pulveriza sobre la realidad para que tome prestancia y brillo.

Eso es Rocketman, presentada en el Festival de cine de Cannes. Y lo es desde la postura contraria a Bohemian Rhapsody, que en su grave pomposidad acababa en un estadio de Wembley plagado de unos muñecos digitales tan falsos como cada uno de los gestos que venían antes.

La película cuenta un instante de redención. Elton John transfigurado en un diablo muy camp irrumpe en una sesión de alcohólicos anónimos para dejar claro lo que en ese instante es. "Soy adicto al alcohol. Soy adicto a las drogas. Soy adicto a la cocaína. Soy adicto al sexo", dice. "Y a las compras", añade.

Lo que sigue es el relato enfebrecido de cómo un extraterrestre, provocador, soez y genial que irrumpió en escena para directamente hacerla saltar por los aires se convirtió en nuestra madre. Y padre a la vez. La de cualquiera de nosotros. Y la verdad es que el espectáculo merece la pena. Cursi, pero irrenunciable. Toda la purpurina está ahí para cegar. Y, la verdad, ciega. Se sale del cine con ganas de gafas.

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Fletcher es conocido por delirios perfectamente tallados en el placer culpable como Amanece en Edimburgo y por haber sido el responsable de llevar a buen puerto la biografía de Freddie Mercury que citábamos arriba y cuyo firmante en puridad es Bryan Singer. Y es desde este último dato es desde el que hay que acercarse a su Rocketman. La idea es ser más crudo, pero sin hacer daño y confeccionar una hagiografía (pues eso es) sin renunciar a eso que no se veía en Bohemian Rhapsody: en efecto, el sexo. No es porno, obviamente, pero el tratamiento es cuanto menos adulto.

Y hasta aquí, el tributo a pagar al último gran éxito dedicado a ensalzar las virtudes y vicios del glam. Lo que sigue es musical. Con todo lo que eso significa: evasión y victoria. No hay sitio para perdedores.

El hecho de que el actor protagonista Taron Egerton sea el que cante, al contrario de lo que no hacía el oscarizado Rami Malek en Bohemian Rhapsody, ayuda. Es decir, convence. Aunque toda referencia con el día a día de cada uno de nosotros esté anulada, importa la capacidad del intérprete para hacer suyas cada una de las borracheras, cada una de las idas de olla, cada uno de los atracones de cocaína, cada una de las peleas con su madre, con su mánager, con su amante... Y, sobre todo, cada una de las canciones. Que es de lo que se trata.

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